jueves, 28 de marzo de 2013

El Calvario

El Cristo del Calvario ha llegado hasta nuestro lado trayendo sosiego, paz, silencio, intimidad y mucha ternura que es probablemente el sentimiento más conmovedor que me inspira esta dulce figura de Cristo muerto en la Cruz. Es la tercera vez que lo veo en su estación de penitencia anual acompañado de sus hermanos revestidos en negro ruán, pero ya lo he admirado otras veces en su parroquia. Y cada vez me cautiva con mayor fuerza, hasta el punto de que es uno de mis crucificados predilectos de Sevilla. Y tan sólo me estoy refiriendo a la talla en la cruz. ¿Qué decir de ese soberbio paso que lo lleva por los oscuros caminos de la Madrugada? Caoba, plata, lirios, claveles rojos y cuatro hachones conforman el majestuoso conjunto que yace bajo sus pies para que el afilado y frío empedrado de la calzada no le haga daño al pasearse en la madrugada del Viernes Santo. Es un Cristo muerto, pálido, agotado. Ya no tiene fuerzas ni para hablar con el Padre aunque ya está junto a Él en el paraíso. Hasta parece estar dormido por el cansancio después de recorrer las calles casi desnudo y clavado en el madero. Es eso, se ha quedado dormido. De repente se oye el griterío de los inquietos vencejos y las revoltosas golondrinas que, como aviso de la mañana que se avecina, van despertando y saliendo al encuentro de este Jesús del Calvario  para hacerle el camino menos pesado. También ellas ponen su nota emotiva: se dice que fueron las que sacaron delicadamente las espinas clavadas en las sagradas sienes de Nuestro Señor Jesucristo. Y si te fijas, parece como si ahora también lo volviesen a hacer. Por eso no pueden faltar cuando, clareando el día, la cofradía se acerca a su iglesia de Santa María Magdalena.

Escrito en la primavera de 1996.

Santísimo Cristo del Calvario, Hermandad del Calvario, (Sevilla)

sábado, 23 de marzo de 2013

El cortejo litúrgico tras el palio de María Stma. de la Concepción

Habría que retroceder en el tiempo, al menos, hasta el siglo XVI para poder hallar el origen que tuvo la presencia del clero, a través del Preste, en las procesiones de Semana Santa, contrastando con la actualidad en que ha quedado reducida prácticamente al Director Espiritual de la Hermandad que puede aparecer o no, acompañando a la presidencia de la cofradía con o sin rostro descubierto.

Para entender las raíces debemos tener en cuenta que la participación del clero era muy regular entonces puesto que las Hermandades, en su mayoría, residían en templos conventuales y no tanto parroquiales, con lo cual las órdenes o congregaciones religiosas aparecían representadas generosamente en la procesión. Unos años después, entrado ya el siglo XVII, la Cruz de la parroquia también se incorpora bajo mandato de la autoridad eclesiástica en la persona de D. Luis Fernández de Córdoba, a la sazón Arzobispo de Sevilla, siendo portada por el clero parroquial en representación de la parroquia a la que perteneciese la corporación.

Transcurridos los siglos y ya en la segunda mitad del XX, nos encontramos con un panorama general muy distinto en la ciudad de Sevilla. Las cofradías se han masificado hasta el punto de aglutinar verdaderas muchedumbres alrededor de los pasos y además, tras el Concilio Vaticano II la figura del Preste, considerada anacrónica, empieza a ser suprimida. Aquella que tanta importancia tuvo en siglos pasados, porque conviene recordar que la verdadera presidencia humana de la comitiva aparecía en el lugar de cierre de la misma, detrás del último paso, y correspondía al sacerdote, solemnemente revestido de capa pluvial y acompañado de sacristanes con sotana y sobrepelliz portando hachas de cera.



Cuando la estética barroca de los palios creció en detalles sublimes hasta cotas insospechadas, se generó una concentración humana alrededor de ellos que convirtió su estación de penitencia en una de las más duras, viéndose acosado entre el manto de la Virgen, la banda de música, el aguaó, la caña con el apagavelas, la escalera, el carrito, el policía, las promesas, etc.. Todo ello dio pie a que, renunciando a tal calvario, al principio cobrara estipendio por su servicio para, finalmente, desaparecer. Sin embargo, no es difícil observar que, aún hoy, algunas cofradías conservan la vieja estampa del Preste precedido por un cortejo litúrgico ceroferario, más o menos nutrido, cerrando filas detrás del último paso.

En la Primitiva Hermandad de los Nazarenos de Sevilla el cortejo litúrgico sigue conservándose y cumple todavía su función original. Hace su visita anual a la Santa Iglesia Catedral, como se puede pensar, tras el palio de María Santísima de la Concepción. En su “Historia crítica y descriptiva de las Cofradías de penitencia, sangre y luz fundadas en la ciudad de Sevilla” publicado en 1852, tenemos noticia, a través del historiador Félix González de León, de que ya en el primer tercio del siglo XVII en la Hermandad del Silencio, “…el clero parroquial cerraba la procesión, que nunca llevó tropa, tambores ni música.” En la actualidad, se abre con dos servidores en traje de librea de terciopelo morado oscuro seguidos de una pareja de ciriales gobernados por un pertiguero. A continuación siguen dos filas de hermanos portando cirios blancos y vestidos con sotana negra y sobrepelliz blanca haciendo las veces de aquellos sacristanes de siglos pasados. El número de parejas suele variar entre 5 y 10. Cierra el séquito el sacerdote con capa pluvial escarlata flanqueado de cuatro minoristas con dalmática del mismo color y tras ellos dos servidores más de librea igual que los primeros. Todo el cortejo se halla bajo el control y observación del correspondiente diputado canastilla, el cual está encargado de velar por el normal discurrir de esta parte de la cofradía y de que el horario establecido desde el Consejo Superior se cumpla rigurosamente, ya que es precisamente el cortejo litúrgico el que marca el tiempo de paso de la Hermandad en cada punto de control a lo largo de la carrera oficial. Este es un tramo muy particular pues tiene el privilegio de contemplar durante todo el recorrido el palio desde su parte posterior. Son especialmente sobrecogedores los momentos que transcurren en la Iglesia de San Antonio Abad cuando el diputado ordena a los componentes del séquito del Preste acceder a las naves de la misma a través del atrio y ver con sorpresa cómo hasta el último rincón está vacío de hermanos vestidos de ruán que minutos antes lo abarrotaban todo. Ya no hay murmullos, el silencio impregna solemnemente el aire, los nazarenos han terminado de salir del templo, se ha hecho la calma y sólo la luz titilante de la candelería del palio permite contemplar la escena íntima que se sucede: María Santísima de la Concepción aguarda serena y augusta, a su humilde guardia de respeto y avanza poco a poco por la capilla de Jesús Nazareno hasta alcanzar el dintel de la puerta para salir un año más a la calle.

A pesar de lo que se ha descrito anteriormente, podría pensarse que su labor primordial, sin que nadie la haya advertido nunca, es la de escoltar a la Virgen de forma que no quede sola al descubierto y desangelada, que no finalice la cofradía con su palio, que la procesión no se acabe con Ella sino con esta salvaguardia formada mayormente por niños. Es permitir que preceda al cortejo litúrgico dispensándole el mismo trato que se otorga a una hermosa dama cuando se le acompaña y se le deja pasar por delante en todo momento. Es como ir tras Ella en auxilio y consuelo de su honda pena, como si el alivio ofrecido por la conversación de San Juan no le bastase.

En Sevilla, son alrededor de veinte Hermandades las que aún salen a realizar su estación de penitencia cerrándose sus comitivas con el Preste. Sería deseable que pudieran seguir siendo fieles depositarias y conservadoras de esta costumbre que nos viene de tan lejos y que no se debería perder nunca.



viernes, 15 de marzo de 2013

Tiempo de pasión

Éstos que vives, no son días cualesquiera. Ya puedes percibir esa turbadora emoción una mañana al sentir la luz tibia posarse en tu rostro o por la tarde mientras te afanas escribiendo con calma bachiana tus próximos renglones. Echas la vista atrás y vuelve a parecerte mentira que haya transcurrido un año desde la última vez que te encontraste con Ellos a la vuelta de una esquina o al cruzar el umbral de un templo recóndito. Es cierto, ha transcurrido un año desde la última vez que sentiste el dulce aguijón que te delata como débil criatura mortal sabedora de su irremediable querencia por la extrema y delicada belleza como camino particular que le conduzca al ansiado encuentro con el Hijo de Dios y su Bendita Madre.

Y es que sin apenas darte tiempo a convocarlos, ves regresar prestos, tantos recuerdos imborrables y a tantas personas que tanto te acompañaron. Regresan tus primeras escuelas cofradieras onubenses que siempre acontecían de madrugada, porque sin saberlo ni proponerlo nunca, la madrugada siempre ha sido tu eterna compañera de penitencias.

Regresa a tu mente aquella vez asido de la mano protectora de tu padre viendo tan de cerca aquel magno palio que venía de lejos para visitar la casita donde vivían en paz unas monjitas piadosas de azúcar tostada y canela. Y con ellas había mucha luz de cera y alguien les cantaba saetas del más elocuente amor.

Regresa la memoria perenne de tu más querido tío de la vida, aquel buen amigo de quien tanto aprendiste en clave de sentimiento con la verdad más pura como emblema. Aquel para quien las lágrimas eran sencillas cuentas de plena felicidad, de la sabiduría más humana y del anhelo por la figura de María. Porque nunca has conocido a alguien como él. Nadie contó las cosas que ocurrían encima de un paso como él porque nadie decía ni entendía estas cosas como él.

Y, en fin, regresa tu primera vez revestido solemnemente con tu mortaja de ruán y esparto, prendidas para siempre cinco cruces potenzadas de gules en el corazón, orgulloso de poder ser devoto continuador del legado y la historia secular, fiel seguidor de quien abraza amorosamente su Cruz de plata y carey, honrado de poder acompañar a su Madre, pura e inmaculada. Con tantos hermanos del alma, tantas letras, tantos sentimientos, tanto incienso y tanto azahar.

Por todo ello y por mucho más, hoy mismo y en este lugar, sabes sin ningún temor a equivocarte, que por fin retorna poderoso el tiempo de la pasión, y tú regresas dichosamente, por el camino más corto, a tu pasión.

jueves, 7 de marzo de 2013

¿Cuánto podemos aprender?

¿Cuánto puede aprender una persona? ¿Hasta cuándo puede aprender cosas nuevas un cerebro humano? ¿Cuál es la capacidad máxima de nuestra mente?

Éstas son preguntas que se encuentran sobre la mesa hace muchísimo tiempo. Su respuesta no es rápida y sencilla, requiere un ejercicio de análisis y reflexión a poco que queramos aproximarnos a una conclusión más o menos aceptable.

Desde que nacemos, incluso ya en el vientre materno, estamos aprendiendo cosas, es decir, desde muy temprano nuestro cerebro está en condiciones de recibir y almacenar datos que le serán útiles para su inmediata evolución. Hoy sabemos que en los primeros 8 años de vida de una persona, el aprendizaje y captación de información es determinante dada la disposición natural del cerebro a esta actividad como si fuera un cuaderno de hojas en blanco pendiente de ser escrito. Obviamente, a cualquiera se le puede ocurrir que este cuaderno en blanco tenga una determinada capacidad o extensión que se pueda acabar en algún momento. Sin embargo, antes de ocuparnos de ello debemos considerar otro aspecto importante de la cuestión, y es que el cerebro del ser humano tiene la facultad de olvidar. Es decir, puede desechar información que no le resulta útil ni necesaria y de alguna manera liberar espacio. Esta característica nos hace pensar que la capacidad cerebral no es del todo limitada ya que podemos disponer de más espacio a lo largo de la vida conforme el cerebro vaya eliminando todo aquello que le resulte obsoleto. No obstante, sigue siendo lógico preguntarse cuánto puede aprender nuestra mente. Algún límite debe haber. Otra cosa es tener la certeza de que algún ser humano pueda alcanzar dicho límite. Si fuese así, ¿qué le pasaría entonces a esa persona? Si no estoy equivocado, creo que no se conoce ningún caso hasta la fecha, y si se me permite una opinión muy personal, creo que nunca se llegaría a tal situación porque en el cerebro deben prevalecer necesariamente los mecanismos de reciclado e higiene antes que sucumbir al colapso o bloqueo de las actividades propias. Es decir, el cerebro se autoprotege de su propia actividad de aprendizaje de manera que nunca deja de limpiar y eliminar todo aquello que le sobra para que el trasiego de información no cese nunca. Es una forma de asegurarse seguir siendo un cerebro sano y activo con el medio que le rodea. Por eso creo que no debemos preocuparnos por quedarnos sin espacio para la memoria a lo largo de nuestra vida. Decía el ilustre Carl Sagan que nuestra capacidad de almacenaje era equivalente a la de 10 billones de páginas de enciclopedia, es decir, ¡¡como unos veinte mil millones de volúmenes de enciclopedia!!

Carl Sagan
Pero volviendo a la pregunta de cuánto puede aprender nuestra mente, tratemos de encontrar una respuesta aproximada partiendo de la base de que es muy complejo calcular de forma exacta la capacidad de almacenamiento del cerebro dado que aún no se dispone de ningún medio o método fiable para dicho cálculo. Ahora bien, actualmente se estima que el cerebro humano está formado por unos mil millones de neuronas y que una sola neurona puede llegar a alcanzar cien mil sinapsis, o sea, cien mil conexiones con otras neuronas. Sin embargo, la media está entre 5.000 y 10.000, incluso algunos autores defienden que la cifra ronda las 1.000 sinapsis. Como lo que nos interesa aquí es el máximo de información que somos capaces de memorizar, tomaremos el dato de cien mil conexiones. A partir de aquí se puede hacer un cálculo de las sinapsis que pueden darse. ¡¡Cien billones de conexiones!!

Neuronas y sinápsis
Finalmente podemos decir, como aproximación, que a la luz de estas cifras, al cerebro se le supone una capacidad de procesamiento de la información de un exaflop, equivalente a la capacidad de procesamiento de doscientos cincuenta mil ordenadores de sobremesa actuales. Y además se le puede suponer una capacidad de memoria de 500 petabytes (Pb), equivalentes a la memoria de quinientos mil ordenadores como los de hoy.