jueves, 25 de julio de 2013

Son ángeles, y vienen desde el cielo

Creo que he leído y escuchado lo suficiente sobre ellos. Posiblemente no todo sea verdad, pero tampoco todo puede ser mentira. Me han llamado la atención desde siempre y pienso que al final algo queda, algo permanece porque algo de verdad tienen.

Dicen que cuesta mucho verlos porque son inmateriales. Dicen que es imposible reconocerlos porque no se dejan ver y procuran ocultarse a nuestros ojos. Dicen que son criaturas puras celestiales escogidas por Dios encargadas de velar por la vida de los hombres. Nos asisten sin que lo sepamos, sin que apenas nos demos cuenta. Muchas veces ha ocurrido cuando decimos con tanta seguridad, que nos hemos salvado milagrosamente de un accidente o un suceso fatal. Existen, estoy seguro de que existen a pesar de que no podamos verlos. Y aún así, tampoco creo que sea absolutamente imposible que adopten alguna forma visible para nosotros. No tiene por qué ser así. Alguna manera tiene que haber de poder ser conscientes de tener uno cerca e incluso tocarlo, percibir su presencia.

Si son criaturas tan concretas y especiales, cabe pensar que si alguna vez se manifiestan entre nosotros lo hacen a través de seres muy concretos y especiales. En la Tierra también existen estas figuras. Cada día las vemos sin saber que pueden ser ángeles disfrazados o ángeles enmascarados. ¿Qué seres más especiales y maravillosos pueden existir sino aquellos a los que la voluntad de Dios ha escogido para que no sean exactamente como la inmensa mayoría del resto de los mortales? ¿Quiénes sino aquellos a los que les está impedido pasar por el mundo sin apenas saborear las mieles o las hieles de esta vida?


¿Quiénes son? ¿Dónde están? ¿Cómo encontrarlos?

No están tan lejos.

Los ves cuando te saludan dibujando su mejor sonrisa solicitando con sus ojos que te acerques y les tiendas una mano que les permita el fugaz deseo de ser más personas, como lo eres tú.

Los ves cuando cruzan sentaditos en una silla de ruedas que es inconmensurable e incomparable trono dorado de humildad y sabiduría y compruebas que su mundo está tan distante del tuyo, o el tuyo tan distante aún del suyo.

Los ves cuando atraviesan el interminable pasillo de un hospital con lento y torpe caminar que es casi una hazaña que logren sostenerse mientras te observan como si adivinaran en extremo cada uno de tus pensamientos.

Yo los he visto en la Madrugada Santa de Dios cuando acompaño ensimismado a mi Dulcísimo Jesús Nazareno y a mi Virgen de la Concepción Inmaculada y entonces el alma se sublima, se encoge y se conmueve hasta quedar henchida de amor, piedad y cariño infinitos por ellos. Es entonces cuando esa noche incomparable de todo punto cobra para mí, irrefutablemente, todo su verdadero sentido.

Hace muchos años reflexioné muy detenidamente acerca de estas bellas personas que se cruzaban en mi vida de forma impactante, inesperada y hasta dolorosa. Llegué entonces a la firme e inequívoca conclusión de que sólo podían ser ángeles del cielo.

¡¡Sólo podían ser ángeles del cielo!!

Ángeles enviados desde el mismo cielo. Hermosos e inmaculados ángeles revestidos de la más pura inocencia y de la más elocuente humildad. Ángeles poderosos, mensajeros adelantados de Dios para que los hombres se detengan en medio de la vorágine en que han convertido sus vidas y abran por fin sus ojos y sus oídos para ver y escuchar lo que buscan como locos sin saberlo encontrar. Desde entonces, cada vez que los vuelvo a ver, cada vez que encuentro alguno de ellos en mi camino, me convenzo aún más, si cabe. Definitivamente son verdaderos ángeles del cielo. ¿Qué pueden ser, si no, estas personas amorosas para formar parte del plan de la creación de Dios? Representan un bajísimo porcentaje de nuestra población, viven semiocultos bajo apariencia inocente y humilde. Su existencia es breve. Son inofensivos porque carecen de toda tendencia al mal. Están exentos de toda culpa, nadie puede responsabilizarlos de nada y sin embargo son capaces de estremecernos el sentido y causarnos los más diversos y nobles sentimientos. Pueden hacer saltar nuestros más recónditos resortes emocionales porque nos ofrecen un mensaje poco frecuente y casi anómalo en los tiempos que corren. Sólo pueden ser ángeles porque es la más hermosa y acertada voluntad de Dios para hacerles llegar hasta la Tierra a contarnos cosas a los mortales. Es una forma de acercarse a nosotros para enviarnos mensajes que debemos aceptar y leer. Si no lo hacemos, perdemos la gran oportunidad de crecer espiritualmente y aproximarnos a Dios y a su amor. Es una vía alternativa para entender un poco más y mejor el amor inmenso de Dios, la indescifrable grandeza inabarcable de la misericordia de Dios.


No todo el mundo puede verlos. No a todo el mundo le interesa verlos. No todo el mundo cree en ellos.

Si cuando tus ojos los ven, se estremece -mezcla de afecto, ternura y compasión- hasta el último de los átomos que te constituyen desde la piel a las mismas médulas, entonces podrías reconocerlos.

Si, cuando se cruzan ante ti, tu mente se deshace en miles de lacerantes preguntas cuestionándose por qué la vida se ha fijado en ellos y no en ti, o por qué Dios quiere que suceda así con ellos y no contigo, entonces podrías reconocerlos.

Si en su presencia puedes sentir tan viva tu humanidad latiendo con cada latido de tu corazón y percibes como un leve atisbo de vergüenza por no saber arrodillarte ante ellos en señal de profundo y reverente respeto, entonces podrías reconocerlos.

Si notas que el tiempo fluye más despacio a tu alrededor y que casi te falta la respiración en el pecho porque les darías todo tu tiempo y todo tu aire con sólo apretarles con fuerza la mano, entonces podrías reconocerlos.

Y si quieres, la próxima vez que tengas ocasión, acuérdate y haz por fijarte pensándolo detenidamente. Son ellos, están ahí y han venido a vernos. Son ángeles, y vienen desde el cielo.

martes, 2 de julio de 2013

Pedro Alonso-Morgado

Pedro Alonso-Morgado Tallafer fue un poeta que nació en Sevilla el 22 de diciembre de 1888. Llegó a ser redactor jefe de “El Correo de Andalucía” y, con posterioridad, fue nombrado Académico Correspondiente de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Socio y asiduo concurrente del Ateneo, estuvo relacionado estrechamente con el ambiente literario de aquella época. En 1922 fijó su residencia en La Palma del Condado, donde contrajo matrimonio con Doña Teresa Díaz Romero, con la que tuvo cuatro hijos. Allí simultaneó su cargo de Secretario de aquel Ayuntamiento con el ejercicio de la abogacía. El 2 de noviembre de 1962 fallecía en La Palma del Condado.

Dejamos una muestra de su obra en este hermoso poema:


Oración junto al mar


Por la pureza azul de la mañana

luminosa y serena;

por la blanca sonrisa de la vela lejana;

por el mar recostado en la arena;


por la paz transparente del paraje

rubio de sol y azul de mar y cielo;

por el dulce vaivén del oleaje

que avanza y torna en imposible anhelo;


por esta augusta calma

con que mi espíritu recreas;

por el vigor del cuerpo; por la quietud del alma;

Señor, bendito seas!...


Pedro Alonso-Morgado