lunes, 15 de marzo de 2010

Vísperas

Cuaresma de 2010

A mi tío Manuel que ya está en el cielo.
A estas alturas ya no quedan dudas. Desde que el sacerdote nos dibujó con ceniza de olivo bendecido una cruz en la frente y nos susurró al oído memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris, los días del almanaque se suceden parsimoniosamente uno detrás de otro con cuentagotas y vamos aprendiendo que todo va quedando más cerca. Estos son los días a modo de prefacio o preludio en que la intensidad de las emociones y el sentimiento irá aumentando paulatinamente de forma espontánea a través de los firmes resortes de nuestra memoria más lejana. Repertorio continuado de evocaciones convergentes en un mismo lugar que nos hará regresar poco a poco del letargo en que el reloj nos ha tenido cautivos durante meses.

Proemio sinfónico interpretado por la tibieza floreciente del sol acariciando nuestras sienes; el naranjo que reestrena su traje salpicado de níveos azahares; la propina generosa y acompasada de la luz al terminar cada tarde; el perfume de mil y una fragancias conocidas inundando plazas, esquinas y callejo
nes; la ausencia nostálgica de los que nos enseñaron cómo y dónde estar para no perdernos un detalle; una foto sencilla con porte de mujer pregonera asomando a un cartel de tertulia añeja; la ilusión renovada de ansias como si nuestra existencia comenzara verdaderamente esta vez; el gozo de los recuerdos mejor guardados; la impaciencia de quien sabe que lo que se avecina es un volver a nacer; un ensayo nocturno de nobles parihuelas con fantasmas inmóviles envueltos en sábanas blancas; los últimos cultos internos que completan un rosario interminable de quinarios, novenas y besapiés; un puesto de incienso y romero del que surgen volutas de humo perfumando los aledaños de una plaza con nombre de pan; un antiguo escaparate con nazarenos en miniatura bañados en caramelo y más adelante otro con bandejas llenas de torrijas empapadas en vino solera y miel; una banda de vientos metálicos y tambores tronando partituras de siempre al cobijo de los muros pétreos de un puente del siglo diecinueve; un Vía-Crucis con Dios hecho hombre repartiendo invitaciones a quienes sepan leer los renglones que sólo Él sabe trazar; el vaivén acompasado de afilados capirotes anhelando su primera procesión; la danza anual de las túnicas acudiendo a la lavandería para quedar impolutas; un eterno pregón sin escribir custodiado en el cajón de la más sentida memoria de quien siempre supo que nunca lo podría decir; aquellas manos primorosas dedicadas por entero al trabajo de una saya azul bordada en plata y su amor desmedido por entregar a tiempo la pieza que estrenará un martes por la tarde la vecina más hermosa del barrio de San Bartolomé paseando bajo admirable palio convertido en templete; todo eso y más llena a rebosar las fechas que anteceden a las jornadas supremas, a esto y más llamamos vísperas sin saberlo, sin saber exactamente de qué hablamos. Porque mientras nos traen puntuales los mensajes que cada año esperamos y les dedicamos tiempo en resolver cómo y de qué manera transcurren, se nos escapan de entre las manos de la misma forma que luego ocurrirá con los días que configuran la verdadera vida de esta ciudad.

Así es. Y cuando concluya este introito de suave melodía y los instrumentos convocados ya estén perfectamente afinados, dará comienzo la más extraordinaria fiesta primaveral que puedan disfrutar los sentidos. Una orquestación de imágenes, sonidos y olores que harán culminar esta sucesión de horas en que pondremos todo nuestro afán para que hasta la última gota de cera cumpla su tarea de iluminar el camino de los que ven y los que no ven. Ese es el cometido de las vísperas, esa es su misión. Despertarnos cariñosamente y avisarnos entre murmullos de lo que ya sabemos de antemano: que tenemos que preparar sin prisas pero sin pausas la conmemoración más solemne del Hijo de Dios, la que nos recuerda cada año que por nosotros se hizo hombre; bajó a la tierra para padecer, morir en la cruz y al tercer día retornar gloriosamente tras la anunciada resurrección.

domingo, 7 de marzo de 2010

Hermanas

Marzo de 2010.

Es posible que le haya ocurrido a alguien. Puede ser que no las haya visto antes y todavía no tenga en el recuerdo la estampa que ofrecen a todo aquel que las ve pasar caminando apresuradamente. Quien no las haya advertido nunca a la vuelta de cualquier esquina o saliendo de un domicilio anónimo al despuntar el día después de una larga noche junto al enfermo, no ha conocido aún el sobrecogimiento ante la expresión suprema de la entrega a los demás.

Una tarde cualquiera de este invierno largo y lluvioso, paseas tranquilamente por una céntrica calle animada por el griterío de los niños que disfrutan de las últimas horas de sol junto a sus padres, y de repente adviertes que vienen hacia ti. Las ves atravesar discreta y casi invisiblemente la escena sin que apenas nadie note su presencia. Sólo van acompañadas de dos en dos sin detenerse porque siempre tienen prisa por llegar a destino y atender l
a misión encomendada. Son muy conscientes de la labor que realizan. Si eres buen observador podrás contemplar el saludo que le dedica alguna persona que las encuentra en su camino: beso fugaz y devoto al crucifijo que pende del cuello de una de ellas y muy discretamente, depósito de una limosna en el canasto que va del brazo. No hay palabras ni sonrisas, quizá un apretón de manos o un leve abrazo. Cada cual reanuda su marcha y nada más. Así de sencillo, pero así de solemne e impactante para los tiempos que corren. No hay duda. Es de los instantes más conmovedores que uno puede encontrar en plena calle. En ese momento pasarán por tu lado y si estás vivo sentirás la punzada y el escalofrío que recorre la médula cuando eres consciente de que has estado muy cerca de las almas que casi no son de este mundo. Porque cuesta mucho comprender que queden personas que se dediquen a estos menesteres en una sociedad como la nuestra en la que, desgraciadamente, las vanidades y unas pocas monedas siguen siendo el motivo por el que levantarse cada día.

Pero ellas no. Ellas son profundas conocedoras del significado de la Cruz hasta el punto de llevarla como faro y guía de sus labores diarias con los más necesitados; mascarón de proa de la nave que pilotan para que todo aquel que las vea venir sepa cuáles son sus argumentos. No encontrará más que cruz y amor. Sencillamente. No necesitan más para desempeñar sus tareas y cumplir con sus principios y compromisos. Porque para ellas no hay salvación sin cruz, ni virtud sin contradicción, ni triunfo sin combate. No se puede decir más en menos palabras.

En este tiempo de Cuaresma, cuajada de ilusiones e impaciencias, también tienen que preparar la obra dividida en varios actos que en pocas semanas habrán de interpretar. Volverán a ser coprotagonistas de la Semana Santa. Y es que a ellas se dirigirán las Hermandades de Penitencia de Sevilla representadas por unas pocas que llegarán a la misma puerta del cenobio. Hasta ese lugar llevarán sus pasos portando a sus Sagrados Titulares y entonces, en agradecimiento, ellas les dedicarán las más hermosas oraciones cantadas a coro por sus voces angelicales resultando algunos de los momentos más sublimes de nuestra Semana Mayor. Este es el testimonio cofradiero que nos regalan generosamente año tras año.

Por si aún no lo sabéis, os lo diré una vez más para que la próxima estéis atentos y no perdáis un ápice de lo que ocurra ante vuestros ojos: son nuestras queridas Hermanas de la Cruz. Entregadas sin reservas al prójimo, compañeras de suplicio de tantos que sufren antes de iniciar el último viaje. Desde siempre su estandarte no es otro que el amor y en él aparece por emblema una humilde cruz.

martes, 2 de marzo de 2010

Recordando a Antonio Susillo y su obra

Mayo de 2005

Honran, encumbran y ennoblecen a Sevilla la diversidad y abundancia de hermosos edificios, plazas y monumentos que constituyen un patrimonio inigualable tanto para sus habitantes como para los que tienen el placer de recorrer sus calles como turistas. Esta Sevilla de tantos rincones evocadores debe mucho a la pléyade de artistas que pasaron por ella y dejaron su obra en el pasado. Uno de estos virtuosos es el personaje al que dedicamos hoy estos apuntes biográficos.

Antonio Susillo Fernández, escultor romántico, nació en Sevilla en 1857. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de París y en Roma. Durante su carrera, marcada por el ambiente modernista de su estancia en París, obtuvo numerosos premios destacando los segundos de la Exposición Nacional de 1887 y 1890.

Su obra es descriptiva, modernista y de carácter realista. Restauró a la Virgen de la Amargura y le talló nuevas manos en 1893 tras el incendio que sufrió el palio a la altura de la Plaza de San Francisco y, entre otras obras, es el autor de los monumentos en Sevilla a Daoíz (1889), Velázquez (1892), Miguel Mañara (1896) o las esculturas de sevillanos ilustres del Palacio de San Telmo (1895), sin olvidarnos del Cristo de las Mieles (1880) y el conjunto monumental dedicado a Cristóbal Colón en la ciudad de Valladolid.
Antonio María Felipe de Orleáns y la infanta María Luisa Fernanda, Duques de Montpensier, fueron personajes muy relevantes en el siglo XIX, sobre todo en Sevilla, donde impulsaron el florecimiento de las letras y las bellas artes además de dejar en pleno auge la Semana Santa con la ayuda y fomento de las Hermandades así como del Santo Entierro Magno, y un legado arquitectónico como es el Palacio de San Telmo.

Desconocemos cómo se conocieron Antonio Susillo y los Duques, pero sí podemos suponer que debió ser una profunda y sincera amistad a juzgar por lo pronto que su obra pasó a ser protegida por el matrimonio aristócrata, especialmente por la duquesa. Tan es así, que durante el periodo de tiempo que pasaron los Duques en Sevilla le fueron encargados diversos trabajos que, quizá de otro modo no habrían visto la luz jamás.

Como ya se sabe, los Duques se instalaron en el Palacio de San Telmo que anteriormente había sido Universidad de Mareantes, donde se formaban los jóvenes como pilotos y marinos para la carrera de Indias. Al convertirse en residencia, el Palacio fue objeto de una importante reforma a la que se debe la construcción de la fachada septentrional, la que da a la calle Palos de la Frontera, dedicada a una serie de personajes vinculados a la historia de Sevilla, sevillanos ilustres nativos o de adopción representados en esculturas talladas a tamaño natural en piedra artificial. Fueron encargadas por la duquesa a Antonio Susillo, y se realizaron en 1895. Representan a las siguientes personas:

 Juan Martínez Montañés, escultor que porta en una mano la cabeza de un Cristo.
 Rodrigo Ponce de León, Marqués de Cádiz y capitán general de la Reconquista de Granada que está apoyado sobre una enorme espada.
 Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, pintor, con sus pinceles y paleta.
 Miguel Mañara, caballero, filántropo fundador del Hospital de la Santa Caridad, llevando en brazos a un desahuciado de la vida.
 Lope de Rueda, dramaturgo, inventor de los entremeses -pequeñas piezas entreactos teatrales.
 Diego Ortiz de Zúñiga y de Alcázar, embozado en su capa, escritor e historiador sevillano; escribió entre otras obras, Anales eclesiásticos y seculares de la ciudad de Sevilla (1677), que es una importante historia de nuestra ciudad.
 Fernando de Herrera, portando una lira, uno de los poetas más importantes del Siglo de Oro.
 Luis Daoíz, militar, héroe del 2 de mayo de 1808 junto con el cántabro Velarde, con un sable desafiando al viento.
 Benito Arias Montano, humanista y teólogo, consejero de Felipe II, portando un libro.
 Bartolomé Esteban Murillo, pintor, situado junto a un gran cartapacio de dibujos.
 Fernando Afán de Rivera, duque de Alcalá que luchó en la Reconquista, con adarga y armadura.
 Fray Bartolomé de las Casas, obispo de Chiapas, México, y protector de los indios, protegiendo a un pequeño indígena.

Llama la atención que todos son sevillanos de nacimiento menos tres, Arias Montano de Fregenal de la Sierra; Rodrigo Ponce de León de Cádiz y Juan Martínez Montañés de Alcalá la Real, si bien vivieron en algunas etapas de su vida en Sevilla, la ciudad que finalmente les vio morir.

Más llamativo aún es que prácticamente es un monumento a un Siglo de Oro sevillano, pues todos, menos cinco, vivieron en el siglo XVI, abarcando todas las artes y humanidades. Las cinco excepciones son Ponce de León que vivió en el siglo XV, Ortiz de Zúñiga, Murillo y Miguel Mañara en el siglo XVII, y el más "moderno", Daoíz, en el siglo XVIII, principios del XIX.

Conviene recordar que seis de estos ilustres personajes tienen estatuas repetidas en Sevilla, Bartolomé de las Casas (un bajorrelieve al pie del Puente de Triana y un busto en la fachada del Museo de Carruajes), Martínez Montañés, Murillo, Velázquez, Daoíz y Miguel Mañara, siendo estas tres últimas obras del mismo Antonio Susillo a las que posteriormente nos referiremos. En 1893, la Infanta Mª Luisa cedió a la ciudad de Sevilla los terrenos en los que se localizaban los jardines del Palacio de San Telmo. Como agradecimiento, el Ayuntamiento acordó que el parque de Sevilla llevara su nombre y además erigir una estatua conmemorativa. La obra fue encargada a Antonio Susillo, que presentó su proyecto en ese mismo año, pero su construcción se fue dilatando en el tiempo por los problemas económicos del Ayuntamiento, los informes desfavorables de la Real Academia de Bellas Artes y lo más grave, la muerte del propio Susillo.

La obra definitiva se inauguró en 1929, siendo su autor el escultor Enrique Pérez Comendador. Se trata de una figura compacta de la Infanta en piedra, con una rosa en su mano izquierda. Esta figura fue trasladada en 1972 a Sanlúcar de Barrameda, ciudad en la que poseía finca con su marido y en la que dejaron notable huella, y fue sustituida por una copia de la original en bronce que es la que hoy podemos contemplar en el parque.

En los jardines situados frente a la entrada principal al Hospital de la Santa Caridad, felizmente recuperados para la ciudad después de años de absoluto abandono, nos recibe la extraordinaria efigie dedicada a Miguel Mañara Vicentelo de Leca, fundador de dicho Hospital. Obra póstuma de nuestro genial artista, realizada en 1896, año en el que murió, que se encuentra sobre magnífico pedestal de mármol, obra del marmolista Manuel García Lama.

Todo un ejemplo de caridad cristiana reflejada en la actitud del protagonista al sostener en sus brazos a un pobre enfermo indigente al que sólo parece quedarle en el mundo el gesto altruista de Mañara que generosamente aparenta acercarle a su Hospital para poder asistirle. Se trata de una obra absolutamente realista. Mañara va perfectamente ataviado a la usanza de la época en que vivió. Cubierto con capa aparece también tocado con sombrero y portando una espada cruzada por detrás, manteniendo un paso firme y decidido a la vez que su gesto le delata convencido de la tarea que está emprendiendo: llevar la carga ligera que supone el prójimo necesitado. Escena emotiva capaz de llegar al corazón por la carga de generosidad y entrega cristiana que representa, la cual, por otro lado, no es más que la expresión de lo que Miguel Mañara recordaba a los hermanos de la Santa Caridad cuando les decía que al encontrarse a un pobre enfermo en la calle no olvidaran que debajo de aquellos trapos estaba Cristo pobre, su Dios y Señor.

Curiosamente esta escultura y la del Palacio de San Telmo son muy parecidas en todos sus aspectos excepto en que el desahuciado que lleva en brazos Miguel Mañara aparece dispuesto en un lado distinto de su regazo.

Se estrena la escultura dedicada al Capitán Luis Daoíz Torres en 1889. Ubicada en el centro del bello espacio público conformado por la Plaza de la Gavidia, se encuentra dispuesta sobre pedestal de mármol de Cabra. Tiene esculpidos dos bajorrelieves en bronce que representan la escena del heroico combate contra los franceses ocurrido en la capital del reino el 2 de Mayo de 1808, así como la agonía de Daoíz. Rodeando al pedestal hay una elegante verja de bronce de forja, cuyas columnas imitan 16 cañones coronados por bombas. El conjunto tiene algo más de 3 metros y medio de altura. Los bajorrelieves y cañones que rodean al monumento fueron fundidos en la Fábrica de Artillería de Sevilla. Así mismo, los cañones son réplica de los usados en aquel histórico día, y en cada uno de ellos aparecen los apellidos de todas las personas que intervinieron en la consecución del monumento, así como grabado en uno de ellos el día y autoridades de su inauguración. Se le puede considerar uno de los mejores monumentos públicos de Sevilla.

Preside la Plaza del Duque de la Victoria la figura de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, el llamado Pintor de la Verdad. Fue realizada en bronce y fundida en los sevillanos talleres de Ojeda e inaugurada en 1892 concretamente el 9 de Octubre. Quedó ubicada sobre pedestal obra del entonces arquitecto municipal Juan Talavera de la Vega. Junto con la dedicada a Daoíz, comentada antes, fue ésta de las primeras esculturas, erigidas en Sevilla. Aparece Velázquez portando en sus manos pincel y paleta dispuesto a tomar una pincelada de color y continuar alguno de sus célebres cuadros.

Fundido en bronce en 1880 para presidir la glorieta principal del Cementerio de San Fernando de Sevilla, el Cristo de las Mieles estremece al visitante. De características barrocas, está considerado de las mejores imágenes cristíferas por su perfección artística. Bajo el Cristo, el monte de rocas a modo de Gólgota hace las veces de tumba del escultor.

El nombre del Cristo proviene del suceso que presenciaron numerosos visitantes al cementerio, que vieron cómo del pecho y boca del Cristo, manaba miel. Lejos de ser un milagro, fue obra de las abejas, cuyas colmenas pueblan distintas zonas del campo santo sevillano, como también ocurre en una de las ánforas del pórtico de entrada al mismo.

La interpretación de Susillo nos permite contemplar a Nuestro Señor Jesucristo todavía vivo con la cabeza y la mirada alzadas en actitud de diálogo con el Padre al que parece encomendarse a la vez que solicitarle prontitud en la consumación de su pasión y muerte con la boca entreabierta. Llama la atención la postura de los pies nada común: el derecho está apoyado en el suppedaneum o tablilla donde apoyar los pies, mientras que el izquierdo se encuentra clavado en el stipes o travesaño vertical de la cruz, ligeramente escondido detrás de la pierna derecha. Las manos abiertas completamente y la musculatura de todo el cuerpo en tensión insinúan el momento de angustia y desesperación que padece nuestro Redentor. De nuevo nos encontramos ante una obra tremendamente realista que sugiere los más diversos sentimientos de compasión, piedad y ternura. Magnífica y admirable esta obra que no puede dejar indiferente a quien la observa.

En la ciudad castellano-leonesa de Valladolid, al final del paseo de los Filipinos, encontramos el monumento a Cristóbal Colón, en la Plaza del mismo nombre. Había estado destinada esta obra a la Plaza de la Catedral de La Habana pero tras la derrota de 1898 se frustró el proyecto y volvió a España instalándose definitivamente en Valladolid en 1905. De estructura piramidal, consta de dos partes, hallándose en la superior Colón sobre un barco y la alegoría de la Fe. En la inferior hay esculturas y relieves alusivos a la partida a América, llegada y regreso a Granada.

Susillo abandonó prematuramente este mundo en 1896. Contaba sólo 39 años. Sobre la versión de su muerte hay dos leyendas, una indica que su trágica muerte fue el resultado de la depresión que se apoderó del escultor a la muerte de su esposa y en otra se dice que dicha depresión fue debida al cambiar la posición de los pies en el Crucificado de las Mieles, bajo el cual, se ha dicho ya, descansan los restos mortales del escultor, circunstancia ésta en la que seguramente tuvo algo que ver su leal amiga la Infanta María Luisa.

Lo cierto es que su vida acabó inesperada y repentinamente por suicidio en su ciudad natal, lo cual motivó que el cardenal de Sevilla, a pesar de ser amigo cercano a Susillo, considerara improcedente otorgarle cristiana sepultura. Ante esta situación, su protectora, la Duquesa de Monpensier, acudió presta a Palacio solicitando audiencia con el arzobispo, cargo ocupado a la sazón por el beato Marcelo Spínola y Maestre que fue pastor de la Iglesia de Sevilla de 1896 a 1906. Según parece, tras un encuentro cordial y pacífico, la situación se resolvió a favor del difunto y éste pudo recibir cristiano entierro a los pies de su Cristo de las Mieles como se ha señalado anteriormente. El principal argumento de la Duquesa ante el prelado fue la imposibilidad que todos tenían de saber si en el último momento Susillo pudo haberse arrepentido del acto que cometía. Esto fue suficiente para convencer al cardenal. Y es digno apuntar que este gesto convirtió a la Duquesa en pionera del razonamiento al que recurre hoy la Santa Iglesia Católica para poder conceder sepultura cristiana a los suicidados, es decir, observar la duda de si el fallecido ha sufrido locura transitoria o si en el último momento se ha podido arrepentir de sus actos.

Entre sus discípulos hay que destacar al insigne Castillo Lastrucci que nació en la calle Quesos 36, hoy calle Antonio Susillo, en el domicilio de la familia que se encontraba justo frente a la vivienda taller del que sería su primer maestro, al que desde muy joven asistía para aprender modelado. Con el paso de los años se convertiría en uno de los imagineros fundamentales para entender la Semana Santa actual de Sevilla.

No cabe la menor duda de que Susillo, maestro escultor sevillano, dejó en herencia a la ciudad su saber y su genio plasmados en estas obras que hemos repasado. A pesar de su corta vida, mucho debe reconocer y agradecer Sevilla a este personaje que perteneció a una época pasada. Tiempos de romanticismo a la vez que de modernismo en los que el arte y el lenguaje humano de los sentimientos se expresaban de otra manera, con otro estilo. Afortunadamente nos quedan estas bellas muestras, para entender a aquellas personas que pasaron dejando huella indeleble. Sirvan estas líneas como merecido recuerdo, verdadero homenaje y honda gratitud del pueblo de Sevilla.

lunes, 1 de marzo de 2010

Pensamientos sobre la foto tomada al Cristo de Burgos en su iglesia.

Miércoles Santo de 2007.

La foto, por la cual tuvimos el honor de recibir un premio destacado en un certamen fotográfico celebrado en la Primavera de 2007, representa una vista del Cristo de Burgos tomada desde la parte de atrás de su paso. Está tomada el Miércoles Santo de 2007 por la mañana cuando la iglesia de San Pedro abre sus puertas para que sus pasos sean visitados y admirados por todos aquellos que lo deseen.

La talla pertenece a la Hermandad del mismo nombre. Es un crucificado muerto, un Cristo que lo ha dado todo, un Cristo que ya ha expirado y entregado el espíritu. No queda vida en él. El cuerpo abatido está absolutamente relajado y la cabeza cae del lado derecho.

Llama la atención lo conmovedor que resulta observar precisamente la caída de todo el conjunto de la cabeza con esa dolorosa corona de espinas finas y alargadas junto con las potencias doradas. La cabellera reposa lánguida sobre el cuello y la espalda. Diríase que se asemeja a una pobre flor marchita.

Una poderosa fuente de luz emana desde la parte superior derecha de la foto e inunda generosamente la imagen ofreciendo un juego de luces y sombras que realzan el misterio y el dramatismo que irradia la escena.

Es obvio que la imagen cristífera acapara toda la atención, pero también me sugiere mucho la presencia del segmento de cruz que recorre la escena verticalmente. Porque es la muerte hecha vida, es decir, los brazos abiertos del Señor, combinados con el trozo de stipes que va hacia arriba, sugieren un árbol que crece con tres brazos firmes y robustos a partir de los que nacen el resto de las ramas. Es todo un símbolo de vida eterna frente al patíbulo o leño de la muerte. Es el árbol del que nace la Iglesia universal.