viernes, 26 de marzo de 2021

Volverán los días

Existe un lugar sagrado dentro de cada uno de nosotros que a duras penas acertamos a definir con palabras cada vez que lo intentamos. Resulta habitual quedarse sin ellas cuando nos atrevemos a referirnos a él. Es un territorio demasiado oculto y privado, muy vasto y abundante en matices que nacen a discreción desde los sentidos y el corazón. Como decía aquel pensador de estos sacros menesteres, se ubica fuera de la franja temporal que conocemos desde la cuna, en la que no puedes engañarte a ti mismo ni hacerte pasar por quien no eres y por quien nunca has sido. Es un territorio de la verdad que tan sólo habitamos un día al año, como un espejo en el que nos miramos para recuperar el rumbo si es que lo hemos perdido en alguna tempestad pasajera de las que no dejan ver el horizonte despejado. Allí somos capaces de alcanzar nuestra propia certeza, la que nos permite retornar a lo que fuimos y soñar con lo que nos gustaría ser, ni más ni menos. Sin embargo, los hombres ya casi no lo tienen en cuenta, pero hubo una lejana y oscura época en la que muchas cosas que hoy nos parecen normales, todavía no estaban creadas. Aún nadie las había inventado y ni siquiera se le habían ocurrido. No todo ha sido siempre “de toda la vida” como a veces caemos en el error de dar por sentado. Incluso habiendo sido creadas por el ingenio humano, también han sobrevenido graves adversidades que les han forzado a adaptarse obligando a suspender los eventos señalados en lo mejor del calendario. 

Tiempo suficiente estamos teniendo para reflexionar acerca de lo que nos aboca sin discusión a cancelar por segundo año consecutivo las principales celebraciones tratando de reinventar, rehacer y proteger entre ellas a la querida Semana Santa como si nos fuera la vida en ello, como si no fuera concebible que pudieran llegar años sin disfrutarla. Probablemente muchos se sorprenderán al leer que sólo hay que desempolvar un poco las hojas de la historia y comprobar que hace justo 200 años fue la anterior ocasión en que se conoció un bienio en blanco para las cofradías debido a la amenaza inherente a las turbulencias sociales y políticas del momento. Y es que, desafortunadamente, esa historia está jalonada de acontecimientos hostiles y tenebrosos que hemos sabido afrontar con la mayor determinación y el sacrificio necesario, pero siempre llegando a buen puerto hasta que ha amainado el temporal.

 

Una vez más tendremos que convivir con esto, pero que nadie se llame a desgracia, nadie se turbe ni se atormente en desasosiego que nadie puede suspender la Semana Santa. Por pura y razonable precaución sanitaria no saldrán las cofradías a la calle en el dulce marco de la renovación primaveral, pero nadie podrá suspender la solemne conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús Nazareno. ¿Acaso se pueden suspender el invierno o el verano? ¿Podrían aplazarse el día o la noche? ¿Alguien podría atreverse a guardar bajo llave las emociones que surgen a borbotones de lo más profundo del alma cuando se ha terminado la espera? Todos sabemos de sobra las respuestas y por eso no hay un minuto que perder desde hoy mismo. No queda margen para la autocompasión. El camino se encuentra dentro de nosotros mismos, no hay que irse tan lejos. Que cada cual lo viva como prefiera y pueda, de puertas adentro sin encontrarse con pasos, hermandades y nazarenos por la ciudad, porque este año tampoco será como más nos gusta. 

Esto también pasará y entonces volverá el resplandor dorado del sol una tarde recién estrenada de infantiles sonrisas como cascabeles, y de cera derretida alfombrando el mayor escenario pasionista del mundo. Acabará esta desgracia y querrán volver a danzar las túnicas planchadas con primor, los deliciosos nervios antes de la salida de una cofradía en el barrio de nuestra juventud y el rachear de una cuadrilla de costaleros por la estrechez de una calle donde perduren a buen recaudo los más emotivos recuerdos. Todo ello veremos llegar en lontananza y aún no seremos capaces de inferir si nuestros pobres ojos quizá nos estén traicionando sin conciencia.

 

Tampoco hace falta recordar que para que los hermosos días que anhelamos sin descanso vuelvan a sucederse bajo el cielo azul que vio nacer y crecer a esta fiesta tan única y tan nuestra, tendremos que continuar demostrando prudencia, templanza y fe, y la ilusión volverá a nacer como si fuera la primera vez.