miércoles, 23 de febrero de 2011

Trigésimo aniversario de la razón

Conservo mis recuerdos de aquella noche que fue de cierta incertidumbre porque veía a los adultos preocupados y asustados, con una actitud inusual. Algo pasaba y no era bueno para nosotros. Ocurría en Madrid y la televisión había dejado de emitir o emitía muy poco. Luego supe que unos hombres habían invadido el Congreso de los Diputados sin permiso y lo habían puesto patas arriba. Sin embargo, triunfó la razón entendida como la justicia, la rectitud, el orden y el método a la hora de hacer las cosas. No cabía otra opción que no fuera un dislate, un despropósito. Afortunadamente no hubo daños personales que lamentar y todo se resolvió con templanza y buen ánimo. Lo demás es historia.

Ahora, treinta años después, uno puede volver atrás con mayor perspectiva y agrupar los recuerdos, lo leído, lo escrito, lo oído y lo pensado y sacar con este crisol de conceptos las conclusiones más o menos acertadas que sirvan para aclarar ideas en la mente. Está claro que asistimos como nación a una noche de madurez acelerada en que hubimos de crecer y progresar a marcha forzada o perdíamos el paso del desfile. Es como cuando antiguamente había que lanzarse a la carrera para coger el tren que ya estaba andando o lo perdías para siempre. Igual. Digamos que fue una oportunidad que nos brindó el destino para reafirmar los principios elementales en los que el pueblo quería que se sustentara el devenir de España. Apostar por ellos definitivamente contra todo aquello que quisiera oponerse. El país se incorporaba a lo que quedaba de siglo XX y se preparaba para entrar con mejor o peor pie al XXI que es posible que aún no haya entrado, pero esa es otra historia.
Hace años conocí a un buen hombre que era soldado en Valencia aquella noche, hacía la mili, y formó parte del contingente militar que sacó los tanques a la calle como medida de precaución ante lo que pudiera estar avecinándose. Lo contaba con una mezcla de orgullo y horror. Y ese regusto es el mismo que le quedó a los españoles después de la experiencia: orgullo y horror. Orgullo por haber sabido resolver aquel episodio con toda la paciencia y la madurez necesarias, pero también horror al pensar en lo que podría haber ocurrido si no se hubieran dado los pasos adecuados en los momentos más señalados. Y en fin, horror al atisbar la posibilidad de perder todo lo ganado hasta entonces en cuanto a estabilidad política y opciones de progreso económico y cultural. Todo por lo que se había luchado años antes. Era demasiado perder.

Siempre he pensado que España salió reforzada y victoriosa de aquel trance pero que también de alguna manera perdió cosas que no tenía por qué perder, no tenía por qué prescindir de ellas tan resueltamente si no hacía falta desprenderse de ellas. Fue un punto de inflexión en nuestra historia y desde luego fue el punto de partida para todo lo que ha sucedido posteriormente. Puede que fuera necesario y hasta higiénico volver la vista atrás y analizar cómo éramos entonces, en qué éramos mejores que ahora, cómo era España en aquellos días, en qué era mejor España, y pensar qué cosas convendría recuperar de nuevo por el bien de todos, por el bien de nuestra nación.

1 comentario:

  1. El 23 de febrero de 1.981 yo no había nacido, no puedo sentir lo que los ciudadanos españoles sintieron ese momento, no viví la transición ni corrí delante de los "grises". Pero para conocer un acontecimiento histórico no hace falta haberlo vivido pero si estudiado o informado, yo peco de ni haberlo estudiado e informado levemente. Lo poco que sé de dicho hito es que un hombre con bigote que no tenia rango ni de general ni de coronel irrumpió en las Cortes con una pistola al grito de "¡quieto todo el mundo!", era un golpe fallido, algunos dicen que fallido desde un principio, tras ello se logra afianzar una dudosa monarquía y una mayoría absoluta del PSOE. Dió comienzo otro tipo de dictadura.

    Un saludo.

    ResponderEliminar