Al levantar esta mañana la persiana en mi sala de estudio, me he vuelto a encontrar con ella como es costumbre por estas fechas. Pero esta vez no me la esperaba todavía y me ha cogido por sorpresa. Allí estaba sin falta, inconfundible, anunciando con su mejor sonrisa la inminente llegada de la primavera entre pátinas doradas y aromas de azahar soñado. Al verla, se me ha venido a la cabeza una larga sucesión de lejanos y amados recuerdos que lo sitúan a uno en el tiempo irrepetible y el espacio hollado cuando todo tenía sabor intenso de principio interminable. Porque esta hermosa luz que regresa fiel a visitarme tan distinta a las demás, vestida con suaves pinceladas de oro joven, trae en voz baja el mensaje inequívoco de lo que está por llegar.
Y vuelvo a caer inocente en el engaño de siempre: creer ilusionado que lo que regresa al hueco de la ventana es aquello que conocí calle a calle en la ciudad transformada de mi dulce juventud. No consigo aprender que pertenecer a esas raíces no es motivo para que retornen aquellos gozos cuando uno fue más feliz de lo que era verdaderamente capaz de entender. Todo pasa y todo cambia sin excepción. Pocas escenas de hoy recuerdan a las de ayer, pocas. Sin embargo, éste también es mi tiempo con sus regias verdades y sus tristes desencantos, y como habitante suyo no debo ni puedo dejar escapar las contadas oportunidades de disfrutar que aún nos brinda el presente por muy desalentador que nos lo puedan pintar.
Por eso, cuando miro a mi hijo embelesado con la presencia cercana de su Cristo en besapiés como si me viera a mí mismo, pienso que cualquier día de estos, movido por la curiosidad propia de esa edad infantil en la que los sentidos recogen todo lo que sea nuevo con un entusiasmo desmedido, se acercará con llamativa expresión de incredulidad sospechando la respuesta que le pueda ofrecer su padre y me preguntará con el mayor interés posible que cómo era mi Semana Santa, la que por primera vez conocí y me cautivó para siempre como para no apartarse de mi pensamiento ni un sólo día del resto de mi vida.
Y soy capaz de imaginar mi respuesta porque solamente tendré una que darle. Creo que me resultará más fácil nombrarle todo aquello que no había entonces pero que hoy sobra por dañino o innecesario. Seré franco y le diré la verdad para que esa cabecita recién estrenada comprenda y aprecie más, si cabe, lo que tiene ante sus ojos. Entonces sabrá que, a diferencia de hace varias décadas, ahora sabemos y conocemos más cosas que antes y hasta entendemos con mejor criterio porque tenemos más información a nuestro alcance aunque eso no significa creerse único sabedor de las verdades absolutas en cualquier clase de materia como si esto se hubiera inventado hace dos días, ni tampoco da derecho a opinar del trabajo de alguien hasta el punto de manchar su nombre y su honor con toda ligereza. Y que a cambio, también hemos perdido el encanto que subyace en el misterio de lo desconocido, de aquello que vuelve cada año a tambalear las emociones que vienen tan de lejos como de la misma infancia cuando todo lo que pasaba ante nosotros era pura magia inabarcable y contábamos con los dedos las semanas que faltaban para volverlo a encontrar.
Le contaré que la Semana Santa era más sencilla, más natural y menos constreñida ni encorsetada como la de hoy porque en las calles no existía la increíble masificación actual con vallas impidiendo el tránsito de las personas en según qué lugares, ni uno se sentía amenazado, observado o controlado por cámaras de seguridad. No había aglomeraciones ni calles tomadas por sillitas o gente acampada horas antes de la salida de una cofradía. Tampoco había avalanchas de público corriendo por la ciudad sembrando el caos y el desconcierto entre las filas de nazarenos. Y por supuesto no había lugar para la enorme falta de respeto y humanidad que desgraciadamente se ve con tanta frecuencia a título individual o hacia el colectivo que sea. No hace tantos años, se podían ver todas las cofradías del día, sin excepción, planificando adecuadamente la tarde con su callejeo bien pensado incluyendo alguna salida y recogida. Hoy es del todo imposible con esas muchedumbres y esas cofradías de varios miles de nazarenos que hacen muy difícil la configuración de las jornadas sin que se produzcan retrasos o parones que castigan severamente a los nazarenos y al público, convirtiendo su contemplación en un ejercicio de paciencia infinita que acaba por aburrir al más templado.
Tendré que decirle que no había tanta música ni tantas marchas, muchas de ellas de dudosa calidad, sólo algún disco de vinilo o una vieja casette, ni tantos libros sobre casi cualquier aspecto como ahora, ni tiendas especializadas donde encontrar decenas de clases de artículos de lo más llamativo y variopinto, ni tan siquiera teléfonos móviles o redes sociales que nos abarrotaran con tal cantidad de vídeos o fotografías de mejor o peor gusto los 365 días hasta el punto de colmar los sentidos de manera que se pudiera decir que es prácticamente Semana Santa todo el año. En definitiva, no había esta exorbitante cantidad de productos relacionados con la fiesta que nos sobresaturan.
La Semana Santa de antes se empezaba a barruntar al llegar la Cuaresma con el Vía Crucis del Consejo y poco más. El resto del año casi nadie notaba lo que ocurría dentro de las Hermandades. Pero ahora la tenemos servida cada día por un periodismo que no deja escapar el más mínimo detalle para que todo se sepa, sea o no de interés, generando otro exceso que también pagamos caro sin darnos cuenta. Como el de las redes sociales que arrasan hasta con lo más insignificante permitiendo que tanto indocumentado incendie los ánimos sembrando ofensivas e irrespetuosas opiniones a diestro y siniestro. Se ha perdido el orden, la mesura y el equilibrio, se abusa de la Semana Santa y hasta se la maltrata. Todo tiene su medida y ella no es un caso aparte. En aquella época no encontrabas en los medios polémicas igualás con 700 aspirantes por muy bien que se quisieran hacer las cosas. Era un tiempo en que estas labores eran más calladas y sencillas pasando desapercibidas para la gran mayoría. Tampoco había ensayos a plena luz del día con más expectación y acompañamiento de público que en algunas cofradías el día de su salida oficial. Cuando yo era un niño los ensayos eran siempre de noche, tarde, nadie se enteraba, y si por casualidad te encontrabas alguno era como descubrir un secreto bien guardado que era mejor no invadir demasiado por puro respeto hacia uno mismo y así preservar la magia de aquello que escapaba a nuestro tierno entendimiento.
Aunque le parezca mentira, tendrá que saber que hace 40 años nadie podía imaginar agrupaciones musicales con 200 componentes ocupando más espacio que varios tramos de nazarenos, ni pasos haciendo demostraciones circenses o extrañas coreografías ajenas a la propia esencia de la Semana Santa rozando la falta de compostura y decoro. Casi no había de eso, y si asomaba un atisbo, era inmediatamente rechazado por la opinión general. Era impensable llegar al punto de hacer reservas de papeletas de sitio antes de Navidad o dispensarlas en formato digital como cada vez ocurre más. Acercarse a la casa hermandad a retirarla y de paso reencontrarte con los hermanos que hacía al menos un año que no veías, suponía un emotivo ritual que nadie debiera perderse. Y desde luego no existían los egocentrismos ni las ínfulas que abundan hoy y que tanto entorpecen el normal y pacífico discurrir de la vida de las cofradías, ni tampoco el excesivo e inmerecido protagonismo de lo que rodea a los pasos, o sea, las bandas de música y las cuadrillas de costaleros.
Podría decirse con la cabeza gacha que actualmente la Semana Santa no se vive sino que se consume en desmesuradas y constantes dosis durante todo el año provocando un desgaste y un agotamiento indeseados. Por eso, no es de extrañar que haya perdido el precioso encanto de épocas pretéritas en las que se vivía intensamente durante una semana y el resto del año soñábamos con volver a encontrarnos por la calle con el primer nazareno.
Y sin embargo, a pesar de todo lo que pueda decir, no podré resistirme al brillo de entusiasmo en sus ojos mirándome mientras me dice:
- Anda papá, vámonos, que ya están los pasos en la calle. Vamos a ver las cofradías de hoy, venga, que se hace tarde...
Y saldré de casa con él, sujeto de mi mano con la mayor ilusión por ver los pasos y a los nazarenos para pedirles caramelos... y estampitas, cómo no. Saldré con él como yo salía con mis padres para que los ojos se me llenaran con aquellos gigantescos pasos que caminaban de frente y por derecho cruzando evocadoras nieblas de incienso, sin más contemplaciones. Así quisiera que le ocurriese a mi hijo, porque la historia se repite 50 años después y parecerá como si no hubiese cambiado nada o, al menos, que lo más importante, lo esencial, no lo ha hecho tanto como nos tememos, y que precisamente es con eso con lo que debemos quedarnos al final del día.
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